"El niño es el creador del adulto. El carácter y la personalidad son la propia creación del niño". María Montessori.
Pensaba que ya era mujer cuando se dio cuenta de que no podía serlo pues la niña todavía estaba creciendo. Y se preguntó cuándo se convertiría en mujer. No es que quisiera serlo, no es que tuviese prisa, no, para ella poder seguir siendo una niña era maravilloso. Tenía tantas cosas que aprender. Sentía que no quería abandonar la mirada de la niña. Allí se sentía segura.
Fue entonces cuando la niña descubrió el secreto. ¡Era ambas!. La niña había estado creciendo y no se había dado cuenta de que a veces también se sentía mujer. A ratos niña, a ratos mujer. La niña siempre estaba ahí y la adulta a veces venía a jugar.
La niña se ocupaba de la logística, de la personalidad y el carácter, y la adulta cuidaba de la niña. Cuando la niña tenía berrinches, la adulta se encargaba de castigarla. Ése era el juego al que jugaban.
La cosa es que un día la adulta decidió vivir sin castigos porque la niña no paraba de llorar desconsoladamente. Desde entonces la adulta vive en libertad y procura que la niña llore en su hombro. Si la niña se enfada y coge un berrinche, no la castiga, sino que se sienta a charlar con ella y así, juntas, comparten las penas. Porque como todos saben: las penas compartidas, son menos penas.
Estoy en edad adulta pero me siento y soy una niña también. Y así quiero seguir sintiéndome. Porque las quiero a ambas.
Los relojes no sólo matan el tiempo.